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Educada, por Patricia del Río

“La historia de Tara es la lección de lo que puede hacer la buena educación en una persona”.

Patricia del Río Periodista

Tazza

“Es la historia de lo que se están perdiendo millones de niños en nuestro país a los que la indiferencia, y a veces el fanatismo, quieren someter”. (Ilustración: Giovanni Tazza).

Se llama Tara Westover. Tiene 32 años. Nadie sabe muy bien cuál es el día de su cumpleaños porque recién fue inscrita en el registro civil a los 9 años. Creció en Clinton, una localidad rural de Idaho. Hija de padres mormones, nunca fue al colegio, jamás fue vacunada ni atendida en un hospital, y junto con sus seis hermanos se dedicó a ayudar a su padre en el negocio del chatarreo.

Tara escribió el año pasado un libro llamado “Educated”, que ha sido traducido al español como “Una educación”. No es ficción, se trata de sus memorias que han recibido múltiples premios, han sido recomendadas por Barack Obama y Bill Gates, y han batido récords de ventas. Pero, ¿qué tiene de especial la historia de una chica que jamás puede mostrar los hombros porque se le considera ramera, de una muchacha que debe soportar niveles de violencia que resultan imposibles de leer? La clave está en que Tara, dueña de una inteligencia excepcional, logra huir de esa vida preparándose a escondidas: aprende a leer, a escribir, desarrolla conocimientos de matemática, consigue libros de texto y entra a la universidad, donde se convierte con mucho esfuerzo en una alumna merecedora de becas y financiamientos que la llevan hasta Cambridge.

Mientras leía “Una educación” pasé unos días en el Cusco, en la zona rural. Todas las mañanas, con un frío que calaba los huesos, aparecían las niñas llevando el ganado o trabajando en el campo. Pequeñas de 6, 8 o 10 años, rompiéndose el lomo en horas en que otros niños están en el colegio. Las vi vulnerables, las supe indefensas. De acuerdo con información del Ministerio de Educación, el 40% de niñas y adolescentes que vive en áreas rurales abandona el colegio. La cuarta parte de ellas son analfabetas. En la ciudad, el 44,4% de niños usa Internet; en el área rural, solo el 4,3%. En el lugar en el que me encontraba, a solo cinco minutos de Písac y a 45 minutos de la ciudad del Cusco, no había luz eléctrica ni agua potable.

Mientras más alejada de las zonas urbanas se encuentre una niña o un niño, más probabilidades tendrá de vivir una infancia como la de Tara. Y, tal vez, nunca tenga la fuerza, ni la resilencia, ni la capacidad que tuvo la niña de Idaho para proporcionarse una educación. Por lo tanto, serán pequeños que, impedidos de acceder a los libros, al conocimiento y al intercambio de ideas, no podrán desarrollar un pensamiento crítico que les enseñe que el mundo no es de una manera, que las cosas no tienen solo una explicación, y que el destino no está echado por el hecho de haber nacido pobre, quechuahablante o mujer.

La historia de Tara es la lección de lo que puede hacer la buena educación en la vida de una persona, es la historia de lo que se están perdiendo millones de niños en nuestro país a los que la indiferencia, y a veces el fanatismo, quieren someter.

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